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Operación Histórica Especial para cambiar el pasado

“Putin, que calificó la caída de la Unión Soviética como la mayor tragedia geopolítica del siglo XX, quiere presentar un paralelismo entre su mandato y la potencia mundial construida por Stalin. Para ello hay que ocultar o borrar todas las páginas manchadas con la sangre de los rusos y de muchos otros pueblos sometidos por la dictadura soviética, y no hay que mencionar el terror, las ejecuciones en masa, las deportaciones masivas ni el gulag.”

En septiembre de 2014, un grupo de militantes comunistas levantaron una estatua de yeso de Felix Dzerzhinski, el fundador de la Checa–la primera policía secreta soviética–frente a la sede del FSB en la plaza Lubianka. «Hoy, cuando la guerra está en las fronteras de nuestro Estado (refiriéndose al Donbás), no está de más recordar a [Dzerzhinsky]», afirmó entonces el diputado comunista Vladimir Rodin. La estatua de yeso pretendía recordar a la escultura de 15 toneladas colocada en la plaza en 1958, frente a la que entonces era la sede del KGB, y que había sido renombrada plaza Dzerzhinski en 1926. Sin embargo, la estatua fue derribada en agosto de 1991 por manifestantes anticomunistas y acabó en el Parque del Monumento Caído (desde 1992, Parque de las Artes Muzeon). Su derribo fue una de las imágenes más simbólicas de la caída de la Unión Soviética.

Unos meses después de la escenificación de la escultura de yeso, en junio de 2015, las autoridades municipales de Moscú permitieron un referéndum para volver a colocar la estatua en su lugar, pero los comunistas fallaron a la hora de conseguir las 150.000 firmas necesarias para la celebración del referéndum. Sin embargo, en 2023, sin referéndum de por medio, una replica de la estatua de Dzerzhinski fue erigida en la sede del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) en Moscú. En el solemne discurso de inauguración, Dzerzhinski fue calificado de «modelo de integridad cristalina, abnegación y dedicación al deber». En abril de este año, Vladimir Putin firmó un decreto para renombrar la academia del FSB como Félix Dzerzhinski, señalando la «destacada contribución de Dzerzhinski para garantizar la seguridad del Estado».

La vuelta de Dzerzhinski es todo un símbolo de la reivindicación de la historia soviética del régimen de Putin, pero no ha sido el único en recuperar su espacio en las calles de las ciudades rusas. Ya ni siquiera es noticia la colocación de una nueva estatua de Stalin y el metro de Moscú ha recuperado el bajorrelieve del dictador soviético de la estación de Taganskaya, que había sido retirado en 1966; mientras Rusia recupera y rinde homenaje a los verdugos del pasado, borra a sus víctimas.

El borrado de la historia de la represión soviética

En noviembre de 2024, las autoridades anunciaron el cierre temporal del Museo del Gulag, abierto en 2001, debido a «infracciones de las normas de seguridad contra incendios» sin especificar. Dos meses después, su director, Roman Romanov fue despedido. Según el medio independiente Meduza, el despido de Romanov no tuvo nada que ver con la falta de extintores, sino con una exposición preparada para el Museo de Moscú en el que distintos textos redactados por el personal del Museo del Gulag detallaban la represión del régimen de Stalin. Ante su negativa a borrar esos textos, el Museo fue cerrado y posteriormente Romanov fue despedido. La purga de Romanov tuvo también daños colaterales y la directora del Museo Pushkin de Bellas Artes, Elizaveta Likhacheva, fue destituida en enero de 2025 por atreverse a defender públicamente el Museo del Gulag frente a su cierre.

El Museo del Gulag no volverá, ya que va a ser reconvertido como el «Museo de la Memoria»; un lugar dedicado al «genocidio del pueblo soviético» perpetrado por los nazis durante la Gran Guerra Patria y que será dirigido por Natalya Kalashnikova, actual directora del museo de la Fortaleza de Smolensk condecorada por su participación en la «operación militar especial» y sus contribuciones a la defensa de Rusia. El término «genocidio del pueblo soviético» no tiene fundamento ni en la historiografía de la era soviética ni en el derecho internacional vigente, pero fue introducido por Putin en julio de 2020, cuando declaró que los crímenes nazis contra los ciudadanos soviéticos «no prescriben» y debían reconocerse como un genocidio. En octubre de ese mismo año, un tribunal ruso calificó los asesinatos en masa cometidos durante la guerra como genocidio, y lo mismo sucedió con el asedio de Leningrado en 2022. En abril de 2025, la Duma aprobó una ley «sobre la perpetuación de la memoria de las víctimas del genocidio del pueblo soviético», y en diciembre, Putin estableció el 19 de abril como «Día del recuerdo de las víctimas del genocidio del pueblo soviético».

«El reciente cambio de nombre [del Museo del Gulag] envía una señal clara de que las autoridades rusas están dispuestas a hacer lo que sea para ocultar a la opinión pública la historia de la represión política. Los paralelismos con la situación actual en Rusia son sencillamente demasiado evidentes», señaló Sergey Lukashevsky, director del Centro Sájarov, exiliado en Berlín, sobre el cierre del museo. La memoria del terror del gulag en Rusia está siendo «resignificada» a la medida de los intereses del Estado, cuya propaganda incluso ha definido el sistema de campos como un «ascensor social». Otro ejemplo es lo ocurrido con el campo de concentración Perm-36, construido en 1936 y cerrado en 1987, y que fue preservado como un museo en recuerdo a las víctimas por la asociación de derechos humanos “Memorial”, dedicada a documentar los crímenes del estalinismo. La falta de apoyo económico estatal y la hostilidad de las autoridades llevó a la clausura del museo en 2014. El campo reabrió sus puertas un año después, pero con un sentido totalmente distinto, planificando toda clase de actividades que no estaban relacionadas con el gulag, como eventos dedicados a la lucha contra el fascismo o a la literatura. 

La propia asociación Memorial también ha sido borrada, designada «agente extranjero» en 2016, antes de ser «disuelta» en 2021. En abril de 2025, el Tribunal Supremo de Rusia la calificó como organización extremista por «antirrusa» y contraria a «los valores históricos, culturales, espirituales y morales». Los monumentos y las placas conmemorativas de las víctimas de la Unión Soviética son retiradas por las autoridades, como las que recordaban a ciudadanos detenidos y asesinados durante el Gran Terror en San Petersburgo o las dedicadas a los polacos asesinados en Katyn en Tver, o son vandalizadas, como la dedicada a Anna Politkóvskaya, la periodista de Novaya Gazeta que denunció los crímenes de guerra rusos en Chechenia y fue asesinada el 7 de octubre de 2006, el día del cumpleaños de Putin, que en apenas tres meses fue vandalizada 26 veces.

Si tuviéramos que elegir una figura que simbolice la memoria del Gulag y la represión soviética, sin duda escogeríamos a Aleksandr Solzhenitsyn, autor de Archipiélago Gulag, cuya estatua en el paseo marítimo de Vladivostok va a desaparecer. En un principio, se dijo que la estatua iba a ser demolida, pero el ayuntamiento de la ciudad aclaró que va a ser trasladada desde el centro a una plaza en las afueras. ¿El motivo? Una petición de veteranos y oficiales de la armada rusa porque «no encaja con el carácter de la zona». Aquí hay una razón manifiesta, Solzhenitsyn no encaja en la Rusia de Putin; la verdad tampoco.

La bendición de la nueva interpretación histórica

Hace unos años estuve en una catedral en Bielorrusia, donde ya hay institutos con el nombre de Felix Dzerzhinski, y me llamó la atención ver como en las paredes del templo se mostraba la persecución de la Iglesia Ortodoxa por parte de los guardias rojos: la destrucción de las iglesias y el asesinato de los sacerdotes. Sin embargo, cuando salí a la calle, me topé con un monumento a los guardias rojos y a la revolución comunista. Esta particular visión de la historia, en la que se honra al mismo tiempo a las víctimas y a sus verdugos, ha encontrado un camino aún más retorcido con la bendición del Patriarca Kirill.

El 14 de junio de 2020, muy en línea con la política histórica del Kremlin, fue consagrada la nueva Catedral de las Fuerzas Armadas rusas. Construida en el Parque Patriota, un complejo de temática militar a 60 kilómetros de Moscú, para conmemorar el 75º aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, la catedral está dedicada a la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi y está repleta de mosaicos que representan a los soldados soviéticos protegidos por la ayuda divina. De este modo, la Iglesia Ortodoxa Rusa ha abierto la puerta de la iglesia al Ejército Rojo, lo que da a entender que o bien el ejército soviético era un defensor de la iglesia, o que existe un punto de encuentro ideológico entre la religión ortodoxa y el ateísmo comunista. Nada de esto tiene que ver con la historia y menos aún con la religión, pero encaja en el relato imperial de la nueva Rusia de Putin.

Y es que la Iglesia Ortodoxa Rusa, rehabilitada en 1943 por Stalin, se ha convertido en una rama más del Estado ruso y obedece las instrucciones del Kremlin. Desde el comienzo de la guerra, el Patriarca Kirill ha bendecido a los soldados enviados al frente y a las armas utilizadas para matar a los ucranianos, y ha afirmado en varias ocasiones que se trata de una guerra «santa y necesaria» porque Moscú defiende a la «Santa Rusia» de la victoria del Occidente «caído en el satanismo». Kyrill también felicitó a Putin por la anexión (sobre el papel) de cuatro regiones ucranianas. En marzo de 2024, el Decreto del XXV Consejo Popular Mundial Ruso, cuya máxima autoridad es el Patriarca Kirill, describió la guerra de Ucrania como una «Guerra Santa», señalando que se trata de «una nueva etapa de la lucha de liberación nacional del pueblo ruso contra el régimen criminal de Kiev», y que «todo el territorio de la Ucrania moderna debería entrar en una zona de influencia exclusiva de Rusia». Estas afirmaciones provocaron la condena del Consejo Mundial de las Iglesias y, a finales de 2025, la KEK (Conferencia de 114 Iglesias europeas, ortodoxas y protestantes) y la Iglesia luterana de Finlandia aprobaron un documento que proclamaba a Kirill «hereje». 

Propaganda de guerra

La guerra total contra Ucrania, la mal llamada Operación Militar Especial, no ha sido la causa de esta guerra del Kremlin contra el pasado, simplemente la ha acelerado. Ucrania ha sido presentada como un nuevo Tercer Reich que, como en 1941, busca la destrucción de Rusia y que, por lo tanto, hay que «desnazificar» a cualquier precio. Incluso hay videos de reclutamiento del ejército ruso que presentan a soldados modernos luchando codo con codo con el Ejército Rojo contra la Wehrmacht. El esfuerzo propagandístico del Kremlin por trazar similitudes entre ambas guerras ha dado un paso más con el anuncio del primer museo dedicado a la Operación Militar Especial y un monumento a sus héroes que se construirán en el Mamayev Kurgan, la colina que domina la ciudad de Volgogrado (antes Stalingrado) y que es un monumento conmemorativo a la victoria soviética en la batalla de Stalingrado.

No obstante, ya existe un museo para la Operación Militar Especial, aunque se trata de una exposición temporal que fue abierta el 24 de febrero de 2025 sin fecha de clausura, en uno de los pabellones del VDNH, un enorme complejo al norte de Moscú donde la Unión Soviética mostraba sus logros al mundo. El museo recibe a los visitantes con la siguiente narración: «¡Cuando la escoria nazi se levanta de nuevo, no puedes quedarte de brazos cruzados! ¡Toma las armas! No empezamos esta guerra, pero la terminaremos». El museo muestra equipo militar ucraniano destrozado y el moderno arsenal del ejército ruso junto a banderas nacionales y soviéticas; un video sobre la anexión de Crimea que finaliza con un discurso de Putin, e incluso una película de francotiradores rusos matando soldados ucranianos seguida por imágenes de soldados soviéticos matando a soldados nazis. Azov es, por supuesto, la estrella principal de la exhibición, y una enorme maqueta representa a sus soldados cayendo muertos o heridos ante el avance imparable del ejército ruso. Aquí, Rusia sí está ganando la guerra.

Putin, que calificó la caída de la Unión Soviética como la mayor tragedia geopolítica del siglo XX, quiere presentar un paralelismo entre su mandato y la potencia mundial construida por Stalin. Para ello hay que ocultar o borrar todas las páginas manchadas con la sangre de los rusos y de muchos otros pueblos sometidos por la dictadura soviética, y no hay que mencionar el terror, las ejecuciones en masa, las deportaciones masivas ni el gulag. La historia de Putin es una de éxitos militares, de logros económicos y de alianzas multipolares, todo lo demás sobra, incluida la verdad. Desgraciadamente para él, levantar museos o monumentos en honor a la fallida operación militar especial no cambiará la realidad que el ejército ucraniano se empeña en mostrar a los rusos cada día con sus «sanciones de largo alcance». Del mismo modo, ocultar el pasado y rehacer la historia a su gusto no cambia los crímenes comunistas ni cambiará los suyos.

Fuente: www.lavocedelpatriota.it

Autor: Alvaro Peñas

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